PARA EMPEZAR... UN CUENTO 

¿CUÁNTO DURA LA ETERNIDAD?

Estela Guerra Garnica 

2015 

 

Mi hermano Lorenzo y yo vivimos con mis abuelos. Tengo cinco años y él siete. A mi padre le gusta jugar baraja y un día apostó la cosecha de todo el año… y perdió. Mi abuela lloraba porque tenía que ir a comprar el maíz para las tortillas, pero no todos los vecinos le querían vender. Mi papá tuvo que hacerle caso a mi mamá y se fueron a la ciudad a buscar trabajo. 

Hoy mi abuelita hizo el almuerzo con los pájaros que trajo mi abuelo. Los mató cuando fue al cerro a buscar nopales y se llevó la escopeta con la esperanza de encontrar un conejo, pero lo que encontró fue una parvada de güilotas y pos, se trajo algunas. Mi abuela las puso en agua caliente pa´ desplumarlas, las lavó en agua limpia y las puso a hervir.  Mi hermano y yo le llevamos pencas de maguey y ramas secas para mantener ardiendo la lumbre del fogón.

Luego del almuerzo, mi abuela quería a ir a la tienda a comprar algunos hilos para remendar la ropa, pero cuando buscó el dinero que tenía en el cajón de la mesa no encontró nada. Le preguntó a mi abuelo si lo había tomado y él le dijo que no, que a lo mejor lo había puesto en otro lugar, pero ella estaba segura que el dinero estaba en el cajón, donde guardan lo de la venta del pulque.

No sé por qué ella pensó que mi hermano lo había sacado y le preguntó por aquel dinero y Lorenzo le contestó que no sabía.  Entonces mi abuelita se enojó tanto que empezó a darle de coscorrones y le gritó:

-         ¡bésame los pies para que te perdone por haber robado el dinero o te vas a    condenar en el infierno por ladrón y el fuego eterno te va a consumir, bésame los pies! 

Al principio, él no hizo caso, pero ella seguía pegándole y él, sin dejar de llorar, no tuvo más remedio que agacharse y besarle los zapatos embarrados de lodo que traía mi abuela.  Cuando se enderezó vi que la miraba con tanto enojo como si la quisiera matar. Más tarde, mi abuelo se lo llevó a la milpa a trabajar.

Mi abuela me dijo que iríamos de visita con su hermana que vivía en otro pueblo. Ella me peinó igual que los domingos cuando vamos a misa, me puse zapatos y un suéter. Tomamos el camino del cerro y pasamos por debajo de la Peña del Águila. Cerca de la estación del ferrocarril, mi abuela me iba contando que cuando era niña había habido muchos muertos ahí porque un tren había explotado, que iba cargado de pólvora y parafina y que los muertos corrían despedazados en un río ardiente. Tan sólo de imaginarme sentí miedo y quise ir más rápido para alejarme de ahí.  Caminamos mucho y me acordé de las palabras que mi abuelita le había dicho a Lorenzo esa mañana. Entonces le pregunté:

- Oiga abuelita, ¿Qué es la eternidad?  Y ella me dijo:

- es todo el tiempo que hay, no tiene fin, es para siempre de los siempres.  

– ¿Y qué tanto es eso? –pregunté-. Ella contestó: - es todo el tiempo que hay desde antes de que Dios hiciera el mundo hasta mucho después de que se acabe.

Yo no pude ni imaginar cuánto era eso, pero era más de lo que me cabía en la cabeza y me sentí mareada. Cuando llegamos al pueblo, mi abuelita tocó en una puerta de madera azul.   Salió a abrir una mujer y al vernos, muy contenta abrazó a mi abuela, parece que tenían mucho tiempo de no verse. Luego me miró y dijo:

- ¿Esta niña es tu nieta?  

Sí, es ella Herminia, la más chiquita de mis nietos, dijo ella.

Luego nos pasó a un cuarto donde estaba un señor y dijo: 

-  mira hermana te presento a mi marido Pánfilo.  

Él nos saludó extendiendo la mano y acomodó unas sillas para que nos sentáramos. A mi abuela y al señor Pánfilo, la tía les sirvió un vaso con pulque, a mí me dio un platito con galletas. Luego   dijo,

 - ahí los dejo platicando, voy a hacer algo de comer y se fue.

El señor se puso a hablar y no paró en mucho rato.  Empezó diciendo:

-        pos como dijo el dicho: caras vemos, corazones no sabemos, mire que usté es hermana de Elodia si no se parecen en nada, usté es muy blanca y ella parece capulín maduro... no pos sí, como dice el dicho: buen alimento, mejor pensamiento.  Pus qué bueno que viene a vesitarla, porque yo me voy a trabajar y ella se queda sola. Luego me dice: cómo estará mi hermana, quesque su hijo se jue a la ciudá con su mujer y sus hijos, pos ora sí que como dice el dicho: donde no hay harina, todo es muina. Pos qué se le va a hacer, si no hay pa´ comer qué hace uno aquí, verdá: bien dice el dicho: barriga llena corazón contento. 

Cuando el hombre callaba era porque se reía a carcajadas de sus propias palabras y mi abuelita nomás oyendo.  Luego, desde la puerta, Pánfilo dijo asomándose al cielo: 

-        quién sabe cuándo empezará a llover, ya sembramos y nada de agua, como dice el dicho: no por mucho madrugar amanece más temprano, pero como que ya sestan tardando las aguas y casi no nos queda maíz pa´ las tortillas, ora sí que hemos estado comiendo pajaritos pa´ no quedar secos como huisachi, como dice el dicho: más vale morir de lleno y no de vacío.

 Y otra vez la risa. Luego de un rato de oírlo, empecé a sentirme enojada, ¿pos quién será ese señor con el que tanto platica y que se llama “Dicho” y además...  qué nombre es ese?   Me siento descansada cuando la señora Elodia sale a decirnos:

 - y está la comida, pásenle a la mesa

y nos invita a pasar al otro cuarto donde nos sirve de comer.  Qué alivio que se calle el señor Pánfilo con lo que le cuenta el tal Dicho. Al terminar, nos despedimos porque mi abuelita no quería que nos agarrara la noche en el camino.  Pero antes de salir de aquel pueblo, quiso que pasáramos a la iglesia a persignarnos. En la entrada estaba un señor montado en su burro y le decía a su mujer:

-        agarra la reata pa´ que no se vaya el burro, pero ella no hacía caso por estar mirando la iglesia que tenía enfrente, él le dijo a gritos:

-        chingadera de mujer, ¡te estoy hablando!  Justo entonces salió el padre y cuando el hombre se bajó del burro, el padre le dijo:

-        qué es eso Melquiades?, ya te he dicho que le hables a tu mujer con cariño, ¡qué son esas palabrotas! Entonces el hombre, se quitó el sombrero y le besó la mano al padre diciéndole:

-        - perdone asté padrecito, ya ve lo bruto ques uno. Luego le puso el brazo en el hombro a su señora y cariñosamente le dijo: - venga mi chingaderita, vamos a misa.

Mi abuelita y yo también le besamos la mano al padre, él puso su mano sobre mi cabeza y sonrió. Nos persignamos, recé el padre nuestro que me sabía completo y nos regresamos a la casa, llegamos ya de noche.

Una tarde Lorenzo y yo fuimos al pozo por agua. Llevábamos el burro cargado de botes. En el camino le pregunté: 

-        Oye, ¿quién habrá robado el dinero del cajón? Entonces dijo:

-        te voy a contar, pero no le digas a nadie porque si sé que lo dijiste, te voy a venir a espantar cuando estés dormida. Lo más seguro es que la güelita me mate a palos. Ya ves cómo se puso aquel día que me pegó.

Sentí que mejor no quería saber, quería decirle que no me dijera nada, pero él ya estaba encarrilado con su plática y me quedé callada. Y siguió hablando:

- yo saqué el dinero del cajón porque si se lo pido no me hubiera dado nada. Me fui a la tienda y me compré un montón de dulces y me los vine comiendo por el camino. No me gasté todo porque la señora de la tienda habría pensado que de dónde había sacado tanto dinero. Como me dio mucho cambio, fui tirando las monedas de regreso a la casa pa´ que no me encontraran nada cuando se dieran cuenta.

Así que mi hermano es ladrón, ya lo veo cuando se muera y se vaya al infierno, allá arderá para toda la eternidad y ni cómo ayudarlo, ora sí, como dijo el amigo del señor Pánfilo, el tal Dicho: sólo el que carga el morral sabe cuánto pesa y yo, ahora cargo uno que ni siquiera es mío. 

 

 

 

 

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